Si Hilfiger pudo, ¿por qué mi marca no?

Esta semana, el New York Times publicó un artículo sobre la reinvención que hizo Tommy Hilfiger de la marca y que hizo que Phillips-Van Heusen la adquiriera hace poco por 3 mil millones de dólares. La realidad es que, como muchos consumidores desprevenidos lo habrán notado, la marca volvió a ser atractiva luego de varios años en los que había perdido absoluta relevancia. Una revisión de algunos de los factores que le permitieron esta exitosa reinvención puede servirle a muchas marcas que han perdido parte de su esencia.

El problema era así de grave: Las ventas habían caído en un 75%, las revistas de moda le prestaban muy poca atención. Incluso se había considerado vender las prendas en Wal-Mart. Fue entonces cuando el propio Hilfiger decidió darle un cambio drástico a su marca. Todo empezó, como reporta el New York Times, por la aceptación del problema: La marca había perdido relevancia y era hora de recuperar esa magia que alguna vez tuvo.

Tal vez la lección más importante habla del valor. En los últimos 10 años, la marca estaba presente en todas partes y en todos los targets. Con ello, si bien creció la penetración, se perdió uno de los valores más importantes en la industria de la moda: La exclusividad. Esa capacidad de encontrar el balance justo entre el número de personas que puede acceder a la marca y el precio que se puede cobrar por cada prenda. La estrategia de masividad había llevado (como dice el propio Hilfiger) a que el logo azul, rojo y blanco estuviera en todas partes. Una de las medidas más drásticas pero que impactó positivamente sobre la reinvención fue quedarse únicamente con Macy´s en Estados Unidos y renunciar a todos los demás retails. Esto demuestra que la distribución sin estrategia puede ser un pasivo más que un activo para una marca.

La segunda lección tiene que ver con evitar la tentación de darle a las tiendas justo lo que buscan. Es algo que con frecuencia ocurre a los diseñadores y en general a las industrias creativas. Todo se facilita si se hace lo que el comprador está pidiendo, pero se pierde la creación artística, el punto de vista del diseñador, que es lo que finalmente paga la gente. Gran parte de la responsabilidad de los problemas de diferenciación de las marcas está en el poder del retail que les exige un producto que coincida exactamente con lo que “dice” el consumidor que quiere. Y en muchas industrias es posible que sea cierto, pero en industrias como la moda, los consumidores no saben lo que quieren, ni pueden describirlo, porque justamente se acercan a las marcas y los diseñadores buscando propuestas, no respuestas.

Finalmente, la clave de la reinvención de Hilfiger fue volver a la esencia. Volver a aquello que había sido clave para el éxito de la marca: Prendas altamente impactantes para un público preppy a un precio alto. La masividad había roto la esencia y ahora la marca era cualquier cosa para cualquier persona. La reacción vino el día que el propio Hilfiger entendió que al precio que se estaban vendiendo las prendas y el diseño mismo era algo que nunca se podría él mismo. En ese momento la marca había perdido su esencia. Si el propio creador de la marca no se identificaba con su creación era porque algo estaba muy mal. Y decía Hilfiger que estuvo buscando por muchos años la respuesta y no se había dado cuenta que la respuesta estaba ahí mucho más cerca de lo que él mismo creía: “Era simplemente hacer lo que mejor sé hacer”. Siempre he creído que las marcas encuentran mucha más inspiración en su propia historia que en cualquier estudio de mercado. Las marcas exitosas nunca olvidan lo que las hizo grandes. La personalidad del fundador, las decisiones que las diferenciaron en algún momento, los productos que se convirtieron en íconos. Todo eso, contextualizado al consumidor de hoy puede tener mucho más valor del que muchos creen. En el caso de Hilfiger así fue. Y la reacción ha sido inmediata. La polémica editora de Vogue, Anna Wintour dijo recientemente: “Tommy fue capaz de regresar y de reinventarse a sí mismo, Y hay que darle mucha parte de los créditos a él mismo”.


¿Sufre su marca de autismo?

En su más reciente libro, Mark Earls, estratega de marcas británico que ha sido capaz de cuestionar muchos de los paradigmas sobre la construcción de marcas, nos habla entre otros temas del autismo, una enfermedad que afecta a muchas marcas en el planeta. América Latina está lejos de ser la excepción.

Como muchos saben, el autismo es un problema en el desarrollo de algunos seres humanos que los hace incapaces de interactuar o desarrollar empatía con otros. Lo cierto es que la forma de diagnosticar el autismo tiene que ver con la capacidad de interacción social que tiene el individuo. Y esto es crucial porque el problema no está en la incapacidad de comunicarse sino en la capacidad de interactuar.

Tiene sentido cuestionarse si una marca es autista de la misma forma. Es decir, no porque no comunique (seguro muchas de ellas tienen niveles de inversión publicitaria muy por encima del promedio de su categoría) sino porque no son capaces de relacionarse. Como le ocurre a las personas autistas, no es que no puedan expresar sino que no son capaces de aprovechar aquellas claves que nos ha dado la evolución como la capacidad de “leer la mente de otros” o de leer el lenguaje corporal de los demás.

Todos sabemos, aunque muchas veces no seamos concientes, que una conversación cualquiera es, antes que nada, fáctica, es decir, está llena de elementos que no comunican nada en sí pero que describen la relación que tenemos con los demás y que ellos tienen con nosotros. La forma, las expresiones, la entonación, los gestos, son una parte de la comunicación que no tiene que ver directamente con el mensaje pero, a juicio de muchos teóricos, es realmente la parte más importante. Es la que permanece y es la que más influye sobre el comportamiento.

Vale recordar a Watzlawick, el famoso psicólogo austríaco, que logró demostrar en las terapias de pareja que aunque se conservaran los mismos insultos, si se cambiaban los gestos, la reacción de la otra persona era completamente diferente. Así nos demostró que la comunicación es mucho más relación que mensaje. Siguiendo la analogía, es igual que los autistas, que racionalmente pueden perfectamente decodificar el mensaje pero se pierden en la capacidad de leer todo lo que tiene que ver con la relación.

¿Qué tiene que ver esto con la forma como las marcas se están comunicando? La realidad es que muchas de las marcas que se comunican con nosotros como consumidores parecen demasiado obsesionadas por darnos mensajes, no por crear una relación. De hecho, llaman a las agencias de publicidad para crear campañas que “den un mensaje” no campañas que “establezcan una relación”. Igualmente, tratan de vendernos unos valores pero el contexto en el que lo hacen (todo lo fáctico) nos dice otra cosa. Es decir, marcas que dicen, por ejemplo, que ponen al consumidor primero pero todo el contexto nos dice otra cosa. Es igual a cuando uno está hablando con alguien que te está diciendo que eres maravilloso, pero con los gestos y con todas las demás claves, nos está diciendo lo contrario.

La construcción de marcas que establezcan relaciones y no mensajes es obviamente muy compleja. Pero lo primero sería comenzar por dar una lectura fáctica y de relación antes que mensaje de las marcas. No olvidar que la forma como están producidos los mensajes, los espacios donde están esos mensajes, el tono y la manera son lo más importante y lo que más influye en los consumidores. Ahora entendemos porque tantas marcas que no comunican ningún mensaje son tan exitosas. Tal como una persona cercana que no nos habla todo el tiempo pero que siempre nos ha dado la tranquilidad de que está ahí para lo que podamos necesitarla.